Ninguno lo esperaba y sin embargo todos sabíamos que vendría. Era tema obligado de conversación en todas las reuniones. Un grupo reducido, alejado y paranoico, comentaba y se reía a partir de la incómoda situación. Luego los concurrentes intercambiábamos lugares como en una especie de juego de la silla en el cuál el perdedor era presabido por todos y coronado simbólicamente, regalándole la posibilidad de mantener su absurda presencia.
De cuando en cuando alguien recordaba que todavía el individuo estaba allí y sonreía. Una sonrisa que mezclaba equitativamente incomprensión y piedad, pero que tan sólo duraba unos segundos para ser abandonada a una conversación poco trascendente.
Canapés, calentitos, coca, fiambres, pastas, vino, helado, café, masitas.
La expectativa se transformó en conclusión, la mentira en realidad, la jocosidad en redundancia y el reencuentro en soledad.
El reloj dio las 12 de la noche y Pedro sacó de su bolsillo una excusa reciclada de tiempos lejanos. Muchos lo imitamos y prometimos impunemente volver a vernos pronto.
Manejando hacia casa lo volví a recordar y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aceleré raudamente. Con un poco de suerte llegaría a tiempo para ver nuevamente el final de su película preferida.

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